San Juan de Urabá a lo real: Calor, planchón y la magia de Eco de Tambo

Hoy les traigo otra de mis historias, una nueva travesía de mi vida terrenal que el universo me regala en su mística generosidad. A través de esas conexiones humanas, un día llegué a encontrarme con Eco de Tambo, como si la vida misma me estuviera llamando a experimentar algo cada vez más auténtico, más crudo, más personal; algo que me elevara a otro nivel en mi aprendizaje bullerenguero.

En el camino de esas conexiones personales, la vida me fue llevando, paso a paso, persona a persona, hasta este lugar. Podría contar esta historia desde el inicio de mi existencia, atando cabos de cómo mi vida se ha ido tejiendo sin prisas, sin reglas, permitiendo que la agenda se rompa de vez en cuando.

Recuerdo que en un taller de Somos Chibchas en Londres conocí a Sebastián. Tiempo después, él haría parte de Akola Tambo y, entre conversaciones y ron, me recomendó visitar San Juan de Urabá , que ya despertaba mi curiosidad desde mis visitas anteriores al Urabá Antioqueño. Más específicamente, me recomendó vivir la experiencia de tomar clase de canto con Rene y conocer al grupo de bullerengue. Así fue como terminé acercándome a la hermosísima corporación Eco de Tambo, liderada por dos increíbles gestores culturales: La Poderosa y René García.

Parece que las conexiones en mi vida se van volviendo cada vez más alineadas con mis amores actuales: el tambor y el bullerengue. Ese sonido ancestral, crudo, orgánico y místico que cada día me enamora más.

Y como si todo ya estuviera trazado, el viaje comenzó mucho antes de llegar a Urabá. Volé desde Londres hacia Bogotá, donde me encontré con René. Desde ahí, ya no era solo un destino: era un camino compartido. Con esa intención en el corazón, emprendimos juntos el siguiente tramo: Bogotá a Montería.

Al llegar, el viaje tomó otro ritmo. Nada de taxi, como aquella vez que fui a Necoclí o Arboletes. Aquí la cosa era distinta: ¡tocaba moverse en un colectivo, de esos que van repletos de pasajeros, maletas, mercado y ¡más! . Estos colectivos recorren los aproximadamente 120 kilómetros hasta San Juan de Urabá desde Montería

¡Y me tocó la silla de atrás! Sin aire acondicionado, no se podía abrir la ventana y con un espacio súper estrecho donde apenas me cabían las piernas; incómoda del cuerpo, pero cómoda del alma, porque de eso se tratan los viajes: de vivir lo auténtico, lo local. ¡Y qué experiencia! En mi silla diminuta, con el calor apretando sin tregua. Iba medio asada, sudando, con la sensación de no poder moverme mucho, tomando videos… mientras René, desde adelante, se volteaba de vez en cuando con una sonrisa cómplice, como diciendo “bienvenida a lo real”.

Arriba, amarradas con cuerdas, iban más maletas… y mi tambor, ese mismo que llevé desde Londres para hacerle mantenimiento y bautizar. Todo viajaba junto: equipaje, calor, incomodidad… y emoción. Fue una pequeña odisea, pero de las buenas. De las que te aterrizan, te sacan de la zona de confort y te conectan con lo esencial. Así llegamos a San Juan de Urabá, apretaditos, pero completamente felices, con el corazón abierto a todo lo que venía.

Con las manos sudorosas y la sonrisa a flor de piel, llegamos para encontrarnos con el puente quebrado, consecuencia de inundaciones recientes y del abandono histórico de esta región. Pero como dice la canción: “el puente está quebrado, pero ya lo curaremos”. Y así es Colombia. El espíritu recursivo aparece sin avisar. Allí estaba el “planchón”, una solución improvisada pero efectiva: peatones, bicicletas, motos e incluso carros cruzando.

Aquí la informalidad no es un problema, es la respuesta. El peligro no se ignora, se convive con él. Se desayuna con pan y café… ¿Miedo? ¿Quién dijo? ¡Hagámosle, que esto es lo que es!

Después de cruzar en el planchón, con tambor en mano y junto a René, llegamos al otro lado, listos para ir a Pueblo Mocho. Allí nos esperaba la familia de René con abrazos, comida de mamá y ese calor que no se puede fingir; el verdadero sabor de casa para él.

Más tarde, después de descansar un poco, nos dirigimos al semillero de Eco de Tambo, en la Casa Diversa del Bullerengue, donde los niños recibían al profe René con una alegría desbordante. Tenían tanto anhelo de ver al profe que no pude evitar soltar unas lagrimitas de alegría de ser testigo de esos momentos.

Ver a los niños abrazar con tanta fuerza, sonreír y prepararse para su momento de bullerengue fue, sin duda, una de las experiencias más genuinas que he visto. No hay nada más poderoso para llenar el alma que ver a los pequeños disfrutar, aprender y conectar con sus verdaderas riquezas: el arte, la tradición y el amor hacia su comunidad.

Pasé una tarde tan maravillosa. Aprendí de su humildad, de su energía infinita y de su talento impresionante para este arte ancestral. Sus voces, sus cantos, su forma de ejecutar el baile, sus chalupas, fandangos y sentaos me dejaron sin palabras.

Hay tanto que aprender de los niños, y tanto que proteger y seguir cultivando en espacios como este, donde el arte y la vida se entrelazan de forma tan pura. Tuve el honor de vivir esta experiencia también gracias a la directora del semillero, La Poderosa, quien me acompañó en esta maravillosa inmersión en la realidad de la región y me permitió registrar en video la magia de este hermoso proceso.

En este rincón lleno de tradición, los niños encuentran en la música y en el sentido de comunidad un verdadero refugio. A través del bullerengue, transforman su entorno para crear espacios de unidad, arte y un profundo amor por sus raíces, demostrando que el tambor y la voz son herramientas poderosas de paz y cohesión social.

“Cuando el universo teje los caminos, no hay distancias muy largas; solo un tambor latiendo con fuerza y un corazón dispuesto a regresar a la raíz”

Con amor

❤️

Jenny

Leave a comment